La cocina en los campos de Cabaiguán era el territorio de nuestras madres, los niños sólo podíamos entrar cuando ellas lo permitían.
Una de esas ocasiones especiales era el día en que ella hacía sus buñuelos de yuca. Los pequeños podíamos “ayudar” amasando las bolitas, que variaban en tamaño, según las manitas que las moldearan. En aquel entonces, se molía la yuca hervida en un molino a mano.
Era una forma en que las madres motivaban a sus hijos para que de alguna forma aprendieran algo del oficio de cocineros, las niñas debían ser quienes más amasaran las bolitas, porque en aquel tipo de educación a las mujeres les tocaba la cocina.
Hoy en cambio, ni hembras ni varones se enfrentan mucho al fogón, solo se sientan a la mesa cuando el sudor de mamá cae sobre las meseta de la cocina y es la última en ocupar el asiento, si queda alguno vació, muchas comen con los platos en las manos, para responder más rápido al pedido de los comensales.
Si de cultura se trata, la cocina es un buen libro para aprender, la mamá es la maestra eficiente que se sabe las lecturas de memoria, ella debe exigir mucho más el aprendizaje, así su esfuerzo tendrá mayor reconocimiento y cuando los pequeños vayan creciendo, no esperaran que le sirvan el plato de yuca con mojo.
Los buñuelos de yuca, educaron a muchas familias, pero también los tachinos de plátano o la melcocha, sabemos hasta donde el jején puso el huevo, quiero decir tenemos conocimientos culturales muy amplios, pero no nos damos cuenta que además del amor, la cultura también entra por la cocina.
El boniato
Desde el punto de vista científico, el boniato, es el nombre común de una planta trepadora de la familia de las Convolvuláceas con numerosas especies, se considera una planta nativa de la América tropical y se cultiva en suelos arenosos o francos en muchas regiones cálidas de todo el mundo.
Pero para los isleños que llegaron a Cabaiguán, era una vianda con la que todos los días del año, el dueño de la finca les mataba el hambre y regalaba la acides al estómago de los canarios.
Tal es así, que algunos de los que llegaron primero me han confesado después de esas experiencias, que al boniato hay que hacerle un monumento y situarlo a la entrada del pueblo.
Ahora que llegan sus ayuditas monetarias, se debe aportar algo a un escultor para que haga un boniato gigant, con un texto en letras brillantes que diga el salva vidas canario.
Hay razón para pensar así, imagínese, si no hubiese existido esa vianda, ahora usted no estaría vivo, es más no hubiera nacido porque sus progenitores hubiesen muerto antes de procrear.
Entonces Cabaiguán no diría sentirse un municipio orgulloso de tener el 85 por ciento de su población glóbulos rojos isleños, de no ser por el boniato, fuéramos un 15 por ciento solamente, honor entonces a esa planta trepadora de la familia de las Convolvuláceas.
El rancho vara en tierra
“El refugio es la seguridad de mi familia y los vecinos”, aseveraba mi abuelo Mientras señalaba con el dedo el rancho vara en tierra que existía a unos metros de la cocina
Sabiduría y tesón, herencia de sus ancestros, se manifestaron con la edificación de ese albergue para casos de ciclones al que todos corríamos cuando empezaban a azotar los vientos
“De niño recuerdo que en las fincas campesinas podía faltar hasta el escusado pero jamás aquella armazón de techo pegado al suelo llamado rancho llamado ‘vara en tierra’ que además servía para almacenar las cosechas principalmente de maíz.
Con un área de 12 metros cuadrados, y escaso metro y medio del piso al caballete de horcones robustos y pequeños en el recinto llegan a evacuarse cuantos vecinos llegaran.
El Vara en tierra se ha ido perdiendo como nuestros bisabuelos, quedan pocos, uno de ellos en el Museo campesino de Cabaiguán, que debe servir de formato para que se amplíe la construcción de los mismos.
No recuerdo cuantos vientos lanzaron su furia sobre aquella casita de juguete, pero si estoy claro de que resistía las embestidas a pesar de que al salir de él debíamos friccionarnos las piernas, por estar tan encogidos en el recinto.
El Vara en tierra es parte de la cultura arquitectónica de nuestros campos, su rescate es necesario para que el del museo campesino no parezca un ejemplar raro en nuestra campiña.
El café carretero
Nunca había preparado café, el corte de caña imposibilitaba que mi abuelo se diera una vuelta por la casa, sacó del lateral de una de sus polainas un nailon con el café molido la noche anterior, toma, me dijo, hazte una colada, y me señaló el jarro de Segundo mi padrino.
Pero ¿cómo?, le pregunté sin dejar que terminara de darme la orden.-Agrupa paja, unos palitos secos y dale., contestó abuelo Abelardo.
Así lo hice, cuando el agua comenzaba a hervir, me acorde del colador, y otro grito que provenía desde la cumbre de la carreta me hacía volver la vista.
-Metele un tizón y se cuela con los dientes, déjalo que se asiente y sírvelo, era abuelo con otro consejo.
Primero probé, era el café carretero del que tanto se hablaba, en las charlas nocturnas de aquellos bohíos, café preparado tradicionalmente por los campesinos en romerías o cuando se encontraban trabajando lejos de la casa.
Cuando el café está hirviendo, se coge un leño encendido que allá en Encrucijada llamamos tizón y se introduce dentro del recipiente, la borra por razones físicas se precipita hacia el fondo e inmediatamente y se sirve.
Qué tiempo hace que no saboreo ese café, mis hijos no lo conocen, pocos lo saben, primero las cafeteras, ahora comienzan a llegar equipos sofisticados que alimenta la energía eléctrica, pero ninguna de las coladas sabe al café carretero.
Tradición que se pierde, cultura que se olvida, temas de los que no se hablan, identidad que no vuelve.
Pero ¿cómo?, le pregunté sin dejar que terminara de darme la orden.-Agrupa paja, unos palitos secos y dale., contestó abuelo Abelardo.
Así lo hice, cuando el agua comenzaba a hervir, me acorde del colador, y otro grito que provenía desde la cumbre de la carreta me hacía volver la vista.
-Metele un tizón y se cuela con los dientes, déjalo que se asiente y sírvelo, era abuelo con otro consejo.
Primero probé, era el café carretero del que tanto se hablaba, en las charlas nocturnas de aquellos bohíos, café preparado tradicionalmente por los campesinos en romerías o cuando se encontraban trabajando lejos de la casa.
Cuando el café está hirviendo, se coge un leño encendido que allá en Encrucijada llamamos tizón y se introduce dentro del recipiente, la borra por razones físicas se precipita hacia el fondo e inmediatamente y se sirve.
Qué tiempo hace que no saboreo ese café, mis hijos no lo conocen, pocos lo saben, primero las cafeteras, ahora comienzan a llegar equipos sofisticados que alimenta la energía eléctrica, pero ninguna de las coladas sabe al café carretero.
Tradición que se pierde, cultura que se olvida, temas de los que no se hablan, identidad que no vuelve.
El Porrón
Dicen que los mejores inventos de los gallegos fueron el porrón, las alpargatas y las mulatas.
Hoy solo quiero referirme a uno de ellos, que los cabaiguanenses han modificado hace mucho tiempo, achacándoles el invento del porrón a los isleños; pero no, fueron los gallegos.
Lo que los isleños si hacían era emplearlos a diario; en las noches casi siempre se ocupaban de preparar la vasija para saciar la sed del otro día, entre los preparativos, por su puesto estaba colocar el agua dentro por el mayor de los agujeros, pero también se ajustaba un saco en el exterior y se amarraba con soguitas nombradas de corricán .
Al isleño, se le quedaba mejor un pie en la hamaca que el porrón en el rancho, buscaba en medio del campo un sitio fresco y con sombra para guarecer el recipiente y así cuando los mayorales definían si tenían sed o no, los dejaban moverse hasta la otra cabeza del surco para empinarse el porrón.
Dicen que el perro es el mejor amigo de los animales, pero para nuestros isleños no cabe dudas de que el mejor amigo era el porrón.
Ya es extraño ver un utensilio de barro, con el nombre de porrón, ahora, cuando llegaron los pomitos plásticos lo sustituyeron, porque el pomito se pone en el refrigerador por la noche y se congela, imagínese usted un porrón en el congelador.
El porrón ha quedado como souvenir, y algún que otro tiene alojamiento en los museos, si nuestros antecesores lo vieran cogiendo tela de araña, y sin agua dentro, tremenda crítica que nos harían, porque sin estas vasijas ellos no podían vivir, y nosotros no hubiésemos existido, no somos hijos de porrones, pero si de los isleños que los utilizaron.
stros antecesores lo vieran cogiendo tela de araña, y sin agua dentro, tremenda crítica que nos harían, porque sin estas vasijas ellos no podían vivir, y nosotros no hubiésemos existido, no somos hijos de porrones, pero si de los isleños que los utilizaron.
Hoy solo quiero referirme a uno de ellos, que los cabaiguanenses han modificado hace mucho tiempo, achacándoles el invento del porrón a los isleños; pero no, fueron los gallegos.
Lo que los isleños si hacían era emplearlos a diario; en las noches casi siempre se ocupaban de preparar la vasija para saciar la sed del otro día, entre los preparativos, por su puesto estaba colocar el agua dentro por el mayor de los agujeros, pero también se ajustaba un saco en el exterior y se amarraba con soguitas nombradas de corricán .
Al isleño, se le quedaba mejor un pie en la hamaca que el porrón en el rancho, buscaba en medio del campo un sitio fresco y con sombra para guarecer el recipiente y así cuando los mayorales definían si tenían sed o no, los dejaban moverse hasta la otra cabeza del surco para empinarse el porrón.
Dicen que el perro es el mejor amigo de los animales, pero para nuestros isleños no cabe dudas de que el mejor amigo era el porrón.
Ya es extraño ver un utensilio de barro, con el nombre de porrón, ahora, cuando llegaron los pomitos plásticos lo sustituyeron, porque el pomito se pone en el refrigerador por la noche y se congela, imagínese usted un porrón en el congelador.
El porrón ha quedado como souvenir, y algún que otro tiene alojamiento en los museos, si nuestros antecesores lo vieran cogiendo tela de araña, y sin agua dentro, tremenda crítica que nos harían, porque sin estas vasijas ellos no podían vivir, y nosotros no hubiésemos existido, no somos hijos de porrones, pero si de los isleños que los utilizaron.
stros antecesores lo vieran cogiendo tela de araña, y sin agua dentro, tremenda crítica que nos harían, porque sin estas vasijas ellos no podían vivir, y nosotros no hubiésemos existido, no somos hijos de porrones, pero si de los isleños que los utilizaron.
Museo Campesino de Cabaiguán; baúl de la añoranza guajira de Cuba

Camino a Santa Lucia a unos tres kilómetros de Cabaiguán, la finca Nueve Hermanos, guarda el patrimonio agrario de Cuba.
Ciento trece palmas, escoltan al visitante y lo conduce al único museo etnográfico campesino que existe en la isla. La instalación fundada el 14 de octubre de 1987, recoge la forma de vida del campesinado cubano, en el se exhiben piezas que identifican su cultura material.
El Bohío posee una arquitectura de dos construcciones en forma de (T) unidas por una canal, cuyos materiales son tabla de palma y guano cana con su típico piso de tierra. En la sala se muestra como mueble tradicional el taburete confeccionado de madera dura y cuero, en las paredes fotografías de la familia Rodríguez
En el dormitorio del matrimonio la cama de hierro de mitad del siglo XX, tendida con sobrecama artesanal confeccionada con aplicaciones de tejido a crochet y retazos de tela, dos baúles traídos a Cuba por inmigrantes canarios asentados en la zona, y el esquinero para colgar la ropa, la repisa con frascos de colonias, reloj y objetos religiosos.
En otro cuarto la cama personal conocida como colombina, la máquina de cocer, el ajuar doméstico y el tibor de peltre blanco.
El comedor ubicado en la segunda construcción, lugar de reunión de las familias campesinas, en él la mesa para comer, cercada con tauberetes y un banco de madera, en la esquina la tinaja empotrada en la pared, para almacenar el agua de beber de la cumbrera cuelgan útiles, las polaina de canillas, sogas, el sombrero de jipijapa, espuelas y alforjas, además chismosa o mechón con el cual alumbran las noches.
Decorada de manera singular aparece la cocina, el locero con el ajuar tradicional, el esquinero con las planchas de hierro, cantina, prensa para queso y guayo, en el fogón para cocer con leña, los calderos, el colador para café, colgado del techo el catauro para la carne, chicharrones y empellas, la excusabaraja para ahumar el queso de leche de vaca, en la pared la cesta para huevos y la guira para la sal.
En sus alrededores se levantan otras construcciones entre las que se destacan el pilón de maíz , el rancho vara en tierra con una sola puerta y en su interior hamacas, camastros, monturas, machetes y guataca, la letrina, la casa para curar tabaco, con tres cuartones donde se tienden los cujes y se procesa la cosecha.
Ciento trece palmas, escoltan al visitante y lo conduce al único museo etnográfico campesino que existe en la isla. La instalación fundada el 14 de octubre de 1987, recoge la forma de vida del campesinado cubano, en el se exhiben piezas que identifican su cultura material.
El Bohío posee una arquitectura de dos construcciones en forma de (T) unidas por una canal, cuyos materiales son tabla de palma y guano cana con su típico piso de tierra. En la sala se muestra como mueble tradicional el taburete confeccionado de madera dura y cuero, en las paredes fotografías de la familia Rodríguez
En el dormitorio del matrimonio la cama de hierro de mitad del siglo XX, tendida con sobrecama artesanal confeccionada con aplicaciones de tejido a crochet y retazos de tela, dos baúles traídos a Cuba por inmigrantes canarios asentados en la zona, y el esquinero para colgar la ropa, la repisa con frascos de colonias, reloj y objetos religiosos.
En otro cuarto la cama personal conocida como colombina, la máquina de cocer, el ajuar doméstico y el tibor de peltre blanco.
El comedor ubicado en la segunda construcción, lugar de reunión de las familias campesinas, en él la mesa para comer, cercada con tauberetes y un banco de madera, en la esquina la tinaja empotrada en la pared, para almacenar el agua de beber de la cumbrera cuelgan útiles, las polaina de canillas, sogas, el sombrero de jipijapa, espuelas y alforjas, además chismosa o mechón con el cual alumbran las noches.
Decorada de manera singular aparece la cocina, el locero con el ajuar tradicional, el esquinero con las planchas de hierro, cantina, prensa para queso y guayo, en el fogón para cocer con leña, los calderos, el colador para café, colgado del techo el catauro para la carne, chicharrones y empellas, la excusabaraja para ahumar el queso de leche de vaca, en la pared la cesta para huevos y la guira para la sal.
En sus alrededores se levantan otras construcciones entre las que se destacan el pilón de maíz , el rancho vara en tierra con una sola puerta y en su interior hamacas, camastros, monturas, machetes y guataca, la letrina, la casa para curar tabaco, con tres cuartones donde se tienden los cujes y se procesa la cosecha.
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