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Al borde del brocal


Viví en casa de guano, forrada con tabla de palma, sus divisiones eran  lomos de yagua, todos los días mi madre cargaba cocoa, o tierra blanca de un hoyo  cerca del río tuinucú, baldeaba el piso de tierra y al final le aplicaba la mezcla blancuzca, el fogón de leña relumbraba con la cocoa.
El guano se ponía negrito con el humo del fogón, la chismosa era la mejor amiga en las noches, cada cual tenía la suya, así hacía las tareas y me acostaba cuando los grillos empezaban a cantar, a la cama columbina se le hundía el bastidor patente y de un solo grito la abuela Consuelo, me daba el de pie a las cuatro de la mañana para que aparejara la yegua bermeja y enderezara hacia el pueblo de Encrucijada, donde me esperaba  la escuela.

Entre animales, cañaverales y el monte tuve una infancia y juventud feliz, recuerdo, que para bañarme cargaba el agua en un pozo de brocal, el día en que apareció una rondana me sentí el más dichoso de la tierra, antes debía halar el cubo a pulso y eso es muy difícil.

Pocos recuerdan esos tiempos, duros pero formadores para el resto de la vida, ahora los abuelos hacen los cuentos y los nietos se alarman o dicen: ¡Pobrecito cuánto trabajo pasó!.

¡Nada de pobre!, ¿Sabes cuanta riqueza tienen esos cuentos tan verdaderos como el día y la noche?, al menos, así se hala la cultura perdida, a pulso, porque mediante la rondana es más fácil y tú no los vas a entender; se perdería entonces el modo de vida de tus ancestros y con el la vida del campo cubano.