El Benny plantó raíces en Cabaiguán
Beny Moré; el Bárbaro del Ritmo, visitó en muchas ocasiones al municipio de Cabaiguán, su música se hizo escuchar en La Colonia Española y la Sociedad El Progreso, pero caminó más allá dentro de nuestros campos como el salón de Manolo en Cuatro esquinas, y los existentes en Santa lucía, Guayos y Pozas.
Cuentas los que lo vieron como ponía a bailar hasta a los menos diestros, se adentraba en el público para interactuar con los asistentes y que cantaba la noche entera.
Una vez el bastón del Benny, entre canciones y tragos, saltó de sus manos y vino a caer al final del patio de la colonia, todos querían tocarlo, era como una joya, después de mano en mano paso de nuevo a su dueño, que era quien sabía manejarlo y con el cual daba indicaciones a la orquesta.
Comentan algunos campesinos que cuando visitaba el campo cabaiguanense, se divertía sobremanera porque ese era su entorno, amaba la naturaleza, hasta el punto de llegar más temprano a los barrios para dialogar con los campesinos y cargar llevar semillas hasta su natal Santa Isabel de Las lajas.
Cienfuegos, fue la ciudad más adorada por El Benny, pero para él Cabaiguán tenía su encanto, aunque nunca le escribió ninguna canción refieren testigos que consideraba a estas tierras como maravillosas y a las mujeres del territorio las princesas de Cuba.
El Benny Moré, por eso dejó de ser lajero y se convirtió en ídolo entre realidades y leyendas en cualquier parte de Cuba y el extranjero, por su puesto que Cabaiguán no fue la excepción, aquí dejo momentos muy gratos y la leyenda universal que le acompaña aún después de muerto
Del monte nace el arado y el yugo para los bueyes
Tan añeja como la agricultura misma es la confección de los instrumentos de trabajo. Ciertamente, sin éstos, no existiría producción de alimentos.
Desde la Comunidad Aborigen los primeros pobladores de la isla de Cuba elaboraban sus propios instrumentos a partir de la piedra y la concha.
Ya en la etapa colonial aparece el uso del machete para desmontar montes y el arado criollo, hecho de madera, para la preparación de los terreros para la agricultura.
Muy vinculado al trabajo de preparación de la tierra para el sembrado está el uso del yugo para mantener en yunta a los bueyes, que en cuestión son los que tiran del arado atendiendo a las voces de mando del campesino.
La confección del arado y del yugo recaba de quien lo confecciona, cierta pericia que se llega a convertir en una habilidad casi artesanal. L a primera tarea es escoger la madera apropiada, con buena resistencia y a la vez suavidad que permita elaborar los cortes correspondientes en cada caso. Las maderas más utilizadas para ambos instrumentos son la güira, el guamá y el mango entre otras.
Muchos campesinos confeccionan ellos mismos estos instrumentos, pero siempre hay otros que se especializan un tanto más y por ello reciben encargos desde diferentes sitios. Así ocurre con el campesino Eneido Pérez, radicado en El Colorado a unos dos kilómetros de Cabaiguán.
Entre hacha, serrucho, machete y hachuela se mueven los instrumentos que utiliza. Realmente es una labor encomiable ya que con pocos instrumentos modernos, realiza la confección de estas piezas, inclusive del arado más largo que se usa para aporcar las siembras y que requiere que los dos animales realicen su labor de tracción más alejados uno de otros sin maltratar las siembras.
Muchos campesinos en la actualidad realizan la roturación de tierras para el cultivo de forma mecánica, utilizando arados, surcadores y otros implementos de hierro, sin embargo, el arado criollo de madera no ha desparecido y es muy usado en las surquerías para sembrar tabaco.
A todo lo anterior se añade que estas siembras exhiben desde la distancia un hermoso paisaje por su excelente paralelismo en sus trazos. Así que se agradece a Eneido Pérez su dedicación “artesanal” en la confección de estos implementos de labranza.
La Jícara, Vasija de nuestros abuelos (Por Aramis Fernández Valderas)
La jícara de coco o güira apenas existe en algún museo, las tazas hechas de porcelana o barro han suplantado a las vasijas naturales que daban un gusto peculiar al café en nuestros campos .
Quién de los mayorcitos no recuerda a su papá o su abuelo, prendido de aquellas jícaras de colores oscuros que impedían quemarse las manos con la bebida ardiente acabada de salir del fogón de leña
La jícara, , servía no sólo para beber, sino como auxiliar en la batea, para lavar o bañarse a jicarazos, en vez de jarros cuando no existía la ducha se introducía el recipiente natural en el cubo de agua tibia y se volteaba sobre la cabeza.
La forma de hacerla era muy fácil, usted tomaba el coco seco, le sacaba la cáscara y solo quedaba la armazón dura que guarda la masa y el agua, muchos iban dando cortes con un cuchillo, otros usaban los serruchos para que quedara bien redondito el borde.
Recuerdo a los isleños Sebastián Ledesma, Juancito Aicarte y Nanías Luís con sus jícaras en las manos, era un arte, hacerla y otro beber en ellas, daban personalidad al campesino y originalidad a la vajilla de cualquier bohío agrario.
Nada de porcelanas en aquel entonces, nada de vasos y eso no quiere decir que no existieran en los comercios, ningún objeto puede intimar más con el café carretero que las Jícaras
Cuestiones que se pierden, ¿verdad?, cultura que queda en el camino; pero que estamos llamados a rescatar.
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