Las polainas

Las polainas son unos tubos de tejido o cuero impermeable que se colocan en las piernas por encima de las botas, te lo cuento porque rara vez ya se ven a los hombres portando dicho elemento muy característico fundamentalmente en los hombres de campo hasta los años setenta del siglo pasado .

Las polainas llegaban desde el mismo zapato hasta debajo de la rodilla y tenían como función la protección de la humedad, evitar que el machetero se cortara esa parte de los pies cuando cercenaba la caña o disminuir el efecto de golpes por cualquier otro instrumento agrario
Esta indumentaria estaba compuesta, unas veces por el cuero o tejido que rodeaba la pierna, a veces se sujetaban con cordones por detrás de la pierna, también las habían con enganches y por lo regular tenían un aditamento que las sujetaba por debajo de los zapatos.
A Cuba deben haber llegado con los que vinieron con Colón en el viaje de descubrimiento, pero fueron los Canarios quienes la generalizaron, era raro ver a un isleño sin polainas, incluso eran parte del vestuario para salir a visitar las novias, a esas se le limpiaban y daban brillo como mismo hacían con sus zapatos.
Las polainas desaparecen, pero estoy seguro que no ha sido porque los campesinos no las quieran, es que se dejaron de hacer y nadie las reclama, cuentas heridas se evitarían en las piernas si existieran las buenas protectoras de ellas.
A quién se le ocurre quitar las rodilleras de los catcher, de nuestro béisbol, bueno no vamos a estar tan seguros, va y aparece alguien con una polaina en la cabeza y dice que no serían necesarias.

El Crispín donde el café sabe a café

La mañana, se agarra del aroma del café, la primera colada despierta al vecindario, el  humo sale de las tazas recorre el parque, se escapa por el paseo, da la vuelta por la funeraria, y entra de nuevo por el traspatio al Bar Crispin.

Yeya agarra la escoba para vuelva a salir, es tanta la cantidad de  aroma entre cuatro paredes y el público disputándose la taza más caliente.

El colador  se desprende del atril y convoca a reunión a la cafetera y el fogón de gas, hay que ser más ágil, pero el fogón, viejo y refunfuñón, le responde para mi lo más importante es la calidad por tanto no me apuro y si quieren búsquense otro fogón.

Yeya acude al encuentro entre los tres, los emplaza  a dejar de pelear;  Caliéntense, dice, que  el Telmo espera y regresa al mostrador para convencer a los clientes de que  café como el del Crispin no hay otro en Cabaiguán.

Y así es,  caliente, sabroso, fuerte y barato,  buen escrito para un comercial pero para ellos no hay mejor propaganda que la visita de las mismas personas desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde.

Muchas son las libras de café  que se cuelan y mucho el perfume que ronda a Cabaiguán.

La mañana, se agarra del aroma del café, la primera colada despierta al vecindario, el  humo sale de las tazas recorre el parque, se escapa por el paseo, da la vuelta por la funeraria, y entra de nuevo por el traspatio al Bar Crispin.